Crecer también es perder algo
La adolescencia no es sólo una etapa de cambios visibles. No se reduce al cuerpo que se transforma, al carácter que se vuelve difícil o a la distancia que a veces aparece con los adultos.
Crecer implica también perder algo. Perder una forma anterior de estar en el mundo, una manera de ser mirado, una lengua familiar que ya no alcanza para decir lo que ocurre. El adolescente empieza a separarse de ciertos lugares, pero todavía no sabe del todo qué lugar puede ocupar.
Por eso la adolescencia puede resultar desconcertante. Para quien la atraviesa y también para quienes acompañan ese recorrido desde cerca. A veces aparecen silencios, estallidos, vergüenza, angustia, desafíos o una necesidad intensa de pertenecer.
No todo eso debe leerse como un problema. Muchas veces es el modo en que un sujeto intenta encontrar una salida propia, aunque todavía no tenga las palabras para explicarlo.
Acompañar a un adolescente no consiste en entenderlo todo ni en vigilar cada movimiento. Tampoco en dejarlo solo ante lo que le ocurre. Se trata, quizá, de sostener una presencia que no invada, una escucha que no juzgue y un límite que no humille.
Crecer también es perder algo, sí. Pero puede ser además la oportunidad de inventar una manera singular de estar en la vida.