Doble check
Hace unos años, enviar un mensaje significaba aceptar que la respuesta podía tardar. Horas. Incluso días. Nadie sabía exactamente cuándo la otra persona lo leería, ni esperaba una contestación inmediata.
Hoy las cosas funcionan de otra manera. Sabemos si el mensaje ha llegado, cuándo ha sido leído e, incluso, la última vez que alguien estuvo conectado.
Poco a poco, el tiempo de espera ha dejado de ser un tiempo vacío para convertirse en un espacio lleno de interpretaciones. ¿Por qué no responde? ¿Habrá cambiado de opinión? ¿Estará enfadado? ¿Me estará evitando?
Con frecuencia, el silencio deja de entenderse como una posibilidad entre muchas otras para convertirse en un mensaje en sí mismo.
No se trata únicamente de la tecnología. Sin apenas darnos cuenta, hemos empezado a medir el interés de los demás por el tiempo que tardan en respondernos. Responder más tarde necesita una explicación. No contestar durante unas horas puede vivirse casi como una falta de interés o de consideración.
Al parecer,, hemos perdido algo que durante mucho tiempo formó parte de las relaciones: el derecho a demorarse. El derecho a no responder inmediatamente. El derecho a que el silencio no tenga siempre un significado.
No todo silencio es distancia. No toda demora es desinterés. A veces, simplemente, la otra persona está viviendo su día a día, con sus cosas.
Es muy fácil perder de vista que cuidar un vínculo también consiste en devolverle al otro algo que parece cada vez más difícil de ofrecer: tiempo.