El arte de permanecer
Hay relaciones que terminan porque algo importante se rompe entre dos personas. Otras, simplemente, dejan de suceder. Los mensajes se espacian, los encuentros se aplazan y, sin que exista una decisión clara, el vínculo acaba desapareciendo.
Vivimos en una época en la que conocer gente nunca había sido tan fácil. Mantener una relación, en cambio, sigue exigiendo algo que ninguna aplicación puede hacer por nosotros: atravesar los momentos de desencuentro, de incomodidad o de decepción que forman parte de cualquier vínculo.
Permanecer no consiste en aceptar lo inaceptable ni en renunciar a poner límites. Hay relaciones que necesitan terminar. Pero también hay otras que sólo pueden crecer cuando dos personas resisten la tentación de marcharse al primer tropiezo.
Con frecuencia imaginamos que una buena relación es aquella en la que apenas hay conflictos. Sin embargo, los vínculos más sólidos no son los que evitan las diferencias, sino los que encuentran alguna manera de atravesarlas sin que todo quede reducido a una elección entre quedarse o desaparecer.
Permanecer tampoco significa hacerlo de cualquier manera. A veces exige hablar. Otras, saber esperar. En ocasiones implica aceptar que el otro no responderá siempre como esperábamos. Ningún vínculo importante permanece intacto; todos cambian con el tiempo, y también nosotros cambiamos dentro de ellos.
Hay relaciones que terminan porque han llegado a su final. Otras sólo necesitaban un poco más de tiempo para descubrir que las diferencias no siempre anuncian una despedida.