La Empatía y el lugar del otro
Con frecuencia se dice que ser empático/a consiste en ponerse en el lugar del otro. La expresión parece sencilla y, sin embargo, encierra un matiz interesante.
Imaginemos un juego de sillas. Si para comprender a una persona ocupamos su lugar, esa persona deja de tener dónde sentarse. Tal vez ocurra algo parecido cuando creemos que ser empático/a consiste únicamente en imaginar cómo nos sentiríamos nosotros en su situación.
Ser empático/a no implica convertirse en la otra persona ni sentir exactamente lo mismo que ella. Tampoco responder desde lo que uno haría o necesitaría. Cuando intentamos ocupar el lugar del otro/a, inevitablemente lo hacemos desde nuestra propia historia, nuestras emociones y nuestra manera de entender el mundo. Aquello que para una persona resulta insoportable puede no serlo para otra, y una misma experiencia nunca adquiere exactamente el mismo significado para todos.
Quizá una parte importante de la empatía consista, precisamente, en reconocer que el otro/a conserva algo que nunca terminaremos de conocer del todo. No porque exista una distancia imposible de salvar, sino porque cada historia, cada deseo y cada manera de sufrir son singulares.
A veces, el mayor gesto de cercanía no consiste en ocupar el lugar del otro, sino en dejar que pueda hablar desde el suyo.