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La productividad de vivir

14 ago
2 min de lectura

Cada vez resulta más difícil hacer algo simplemente porque nos apetece. Casi todo parece necesitar una explicación: que sea útil, que nos haga crecer, que nos ayude a mejorar o que podamos convertirlo en un logro.


Descansar para rendir más. Leer para aprender. Hacer ejercicio para ser más saludables. Viajar para desconectar. Incluso el ocio parece haber adquirido una tarea. Como si toda experiencia tuviera que producir algún resultado que la justificara.


No se trata de cuestionar el valor de aprender, de cuidar la salud o de proponerse objetivos. El problema aparece cuando la utilidad acaba convirtiéndose en el criterio con el que medimos cada momento de nuestra vida.


Poco a poco, podemos empezar a sentir que estamos desaprovechando el tiempo si no hacemos algo productivo con él. Y entonces descansar genera culpa, pasear parece una pérdida de tiempo y una conversación deja de ser suficiente si no conduce a ninguna parte.


Vivimos rodeados de mensajes que nos animan a mejorar continuamente. A menudo parecen partir de una buena intención. Sin embargo, también alimentan una idea difícil de sostener: que siempre deberíamos ser una versión mejor de nosotros mismos.


La obsesión contemporánea por convertir toda la vida en un proyecto de mejora tiene un efecto difícil de advertir. Mientras tratamos de optimizar cada aspecto de nuestra existencia, corremos el riesgo de perder la capacidad de disfrutar aquello que no necesita producir nada.


Hay experiencias cuyo valor no depende de un resultado. Leer unas páginas sin terminar el libro. Escuchar una canción. Mirar por la ventana. Compartir un café. Jugar con un hijo sin mirar el reloj.


No todo lo valioso mejora nuestra vida. Hay cosas que, sencillamente, la hacen más habitable.


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