Los restos del día
Llega la noche. Apagamos la luz, cerramos los ojos y el cuerpo parece dispuesto a descansar. Sin embargo, hay días que no terminan cuando termina el día.
La conversación que podríamos haber tenido de otra manera. El correo pendiente. La preocupación por alguien. La reunión de mañana. Esa decisión que seguimos aplazando. Poco a poco, la habitación queda en silencio, pero la cabeza continúa trabajando.
No siempre se trata de un problema para dormir. Muchas personas consiguen conciliar el sueño y, aun así, sienten que realmente nunca han dejado atrás la jornada. Otras permanecen despiertas durante horas intentando hacer precisamente aquello que no depende de un esfuerzo: dormirse.
Vivimos en una época en la que estar disponibles casi de manera permanente parece haberse convertido en la norma. Siempre hay un mensaje más, una noticia más, una tarea pendiente o una oportunidad que no conviene dejar pasar. Poco a poco, detenerse empieza a resultar tan difícil como correr.
Dormir exige algo que pocas veces tenemos en cuenta: aceptar que, por hoy, habrá asuntos que quedarán sin resolver. No todo encontrará respuesta antes de acostarnos. No todas las conversaciones podrán repetirse. No todas las preocupaciones desaparecerán antes de apagar la luz.
Hay insomnios que hablan menos de la noche que del lugar que ocupa el día dentro de nosotros.
Hay noches en las que el sueño tarda en llegar porque todavía seguimos intentando terminar un día que ya ha terminado fuera, pero que continúa vivo por dentro.