Nadie ama exactamente a quien cree amar
Amar nunca es un asunto sencillo. Incluso cuando parece claro, incluso cuando se vive con intensidad, el amor suele estar habitado por expectativas, recuerdos, fantasías y miedos que no siempre reconocemos.
A veces creemos amar a alguien, pero no siempre vemos que también amamos aquello que esa persona despierta en nosotros: una promesa, una falta, una imagen de lo que podríamos ser, la esperanza de sentirnos por fin completos o elegidos.
Por eso los vínculos pueden volverse tan luminosos y tan difíciles al mismo tiempo. El otro nunca coincide del todo con el lugar que le damos. Tiene su propio deseo, su propia historia, sus límites, su manera singular de estar en el mundo.
Tal vez una parte importante del amor consista en atravesar esa distancia. Descubrir que el otro no está hecho para responder exactamente a lo que buscamos en él ni para completar aquello que falta.
En una época que exige vínculos rápidos, intensos y siempre disponibles, sostener un lazo implica aceptar algo de la diferencia, de la espera y de la incertidumbre.
Amar no es encontrar a alguien que encaje perfectamente con lo que imaginamos. El amor, a veces, empieza justamente cuando algo de aquello que imaginábamos puede caer.